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PADRE POR WIFI

13445451_575294695983557_2100553332340183665_n Rogelio despertó mucho antes de despuntar el alba. Aún así estrujó un poco más las sábanas; todavía podía “matar un burro a pellizcos” antes de que llegara la hora de tomar las tabletas de gliblenclamida y enalapril.

Otra vez la almohada resume sus sueños. Encontró deleite en suponer cuántos hijos estarán hoy despertando a sus viejos con un beso del tamaño del cielo. Y, mejor (o peor), le darán su regalito a su papá.

Seguro harán la mejor comidita del mes, aunque hayan tenido que apretarse para disfrutar de ese tesoro inigualable: una familia muy amada y unida alrededor de una mesa, donde las sonrisas fluyen como ríos, y se les quita el polvo a las fotos viejas y comienza a tenérsele cariño a la “pela” que le dieron cuando se fugó para el río.

¡Así sería, si Rogelito estuviese aquí”, piensa este crucense, quien aún llama a contar a los asombros, en el instante en que descubre cómo las mismas manos que manejaron una y otra vez los aperos de labranza, ya olvidados porque puede salir a vender dolores a una fiesta de huesos, donde los de él estarían entre los más gastados, son los mismos dedos que echan a andar un aparatito, tan pequeño como bendito.

Aprendió diligentemente a usarlo. ¡A golpe de necesidad! Piensa. Y, se pregunta: ¿Por qué le habrán puesto celular? “Bueno eso no importa, basta saber que tal parece que puedo meter la mano y sacar al niño por la pantalla para traerlo un momento a la casa, y enseñarle cómo va la cría, sobre todo la puerca pinta, que ya va por tres partos!!!”

“Bueno, tan lejos no se piensa en eso” –se consuela a sí mismo-No tiene tiempo. Trabaja demasiado. El sábado y el domingo pasa 14 horas en una clínica de adolescentes y los días entre semana le espera la fábrica de muebles”.

Al fin los gallos acercan su cantío. Este tercer domingo de junio en el rostro de Rogelio asoma de nuevo la felicidad. Disimula sus canas con la gorra, termina su desayuno y dice adiós temporalmente a la soledad, para ir al lugar que más deleites le causa desde hace varios meses: la zona wifi en el parque de Cruces.

Hoy sí podrá recordarle el deseo que tiene de darle un buen beso, de esos que llegan con abrazo, palmadas en la espalda y algún que otro lagrimón.

Hoy Rogelio hablará con su hijo. Volverán sobre el tema común: la pérdida de Yeyita; pero el mal momento pasará. Y estarán juntos, y se darán las felicidades una y otra vez, como de costumbre, y soñarán con verse de verdad, no a través de una pantallita, que sí, impulsa el corazón a mil, pero aún no descubre cómo puede darle un buen abrazo, ni aunque sea sólo en el día de los padres.

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