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Carta de amor

Esta carta de amor fue escrita por Joel Garnier Méndez. Se la quiero regalar a mis amig@s.

Amada, amada.

El amor nunca deja de ser

El amor nunca deja de ser

Me desperté desde esta piedra esculpida por las manos del genio que no quiso dejar su nombre y decidí, antes de acercarme a tu ventana con esta nueva imagen, enviarte estas palabras para que mi deseo de tenerte se convierta en un manso leopardo visitado por la sed y el hambre de aquellos siglos ocultos en una era muy lejana, pegadita a tu primera juventud

He permanecido en el centro de esta plaza, rodeado de árboles, transeúntes, recibiendo frío y tempestades sobre mi cuerpo. Muchas veces el sol intenso ha estado a punto de revelarle a los turistas quién soy: aquel muchacho que espiaba mientras un profesor de historia antigua te ilustraba la sabiduría de Dios, al contarte cómo dos ejércitos decidieron rendirse, un instante antes de la batalla. Eran tan poderosos que ninguno habría sobrevivido. Entonces me descubriste y comprendí que debía deponer todas mis armas ante aquella mirada tuya, estremecedora de los pórticos del alma, este palacio que unjo cada día por si vuelves.

A veces he sentido una volcánica textura en mis entrañas vigilantes, pero el fuego no es mi padre como muchos piensan, tampoco soy de mármol, ni granito, ni basalto, ni de alguna piedra de este planeta, porque tiemblo, sí, puedo sentir tus manos sobre mi pecho desnudo desde aquel abrazo en que rodeados de cipreses y zunzunes, como en una aparición edénica sin frutos prohibidos y serpientes, nos besamos con labios de carne húmeda y olorosa. ¡Qué ambrosia lanzada desde el cielo! Tu boca palpitaba en mi boca, nuestros ojos cerrados eran estrellas atravesando una desconocida galaxia.

¿Recuerdas? Al salir más temprano de la escuela nos escondimos en aquel bosque con tanto miedo que hoy apenas pude despertar cuando mojaste mi barbilla con un líquido abrasador y yo exhalé sobre tu rostro una brisa fresca, evocando el amanecer en que despertamos desnudos sobre la hierba, picados por las hormigas del ensueño.

Henos aquí, princesa. Tú, restauradora de estatuas medievales. Yo, resucitado al roce de tus manos. Tú, como una cálida niña que entregó en un lejano tiempo la palabra volver, y se perdió en el camino de regreso a casa. Yo, que no encontré otra forma de esperarte, he abandonado el pedestal y yazgo aquí, como un manso leopardo al pie de tu ventana.

Te abraza

K .F.

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