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Paralelas a todo vapor

ImagenTodo parecía perfecto. Aquel gigante de hierro en ciernes era el futuro.

La milla 29 de la hacienda Las Cruces conocida entonces como Sabana De Ibarra, olía a prosperidad.  El calendario marcaba el 15 de noviembre de 1853 y el primer pitazo de la locomotora en la región hacía historia.

 “Ahora sí puede llegar al puerto sin dificultad. Caña y más caña pa´ el central”. Este pensamiento agolpaba las sienes de Joaquín Pedroso Sotolongo quien como, dueño de las tierras, vestía para la ocasión. No sabía que sus expectativas iban a ser superadas con creces.

Cruces era la región más fértil de Cienfuegos. Cerca estaban los mayores y más eficientes monopolios azucareros.

El  acaudalado Pedroso en la primera fila arreglaba su levita y sombrero de paño, ambos de estreno como  aquel andén para recibir las paralelas de hierro a todo vapor.

El paisaje había cambiado mucho. Cedieron las llanuras. A un lado los almacenes, la casa para los ferroviarios, el patio para las locomotoras, del otro los cañaverales y las arboledas.

Las aspas del molino encargado de abastecer las locomotoras retozaba al viento.

Bullían los comentarios, las expectativas de ver, tocar, usar el medio de transportación más adelantado de aquella época.

Al fin el pitazo. El vapor abrasador de aquella máquina hizo palpitar la esperanza.

Un nuevo camino

Con el camino de hierro también llegaban  los primeros cables del telégrafo. Además se lograron completar los dieciséis mil quinientos treinta y siete metros de rieles desde Palmira hasta este lugar. Mientras se regocijaban en Cruces con la buena nueva nadie pensaba en las incontables  vidas de esclavos sepultadas con el duro fuego del hierro, el sol, el fango.

La obra maestra fue concebida por el agrimensor Alejo Helvesio Lanier y el Ingeniero francés Julio Sagebien.

Fin y comienzo

El pitazo de nuevo. La algarabía, las copas alzadas, el brindis por el progreso. En estos predios no se perdió un segundo. Surgió un poblado, historias de amor, despedidas y encuentros, lágrimas de ausencia, arribo de mercancías, el adiós de la última tropa Española de Las Villas, historias aún por contar.

En 1860 cuando es concluido el proyecto ferroviario hasta Villa Clara, Cruces, se convierte en el  segundo punto ferroviario de importancia de toda la región central.

Sobre esta singularidad hay un sinnúmero de temas, lo cierto es que hasta hoy, cada grieta, lleva la huella de la línea de  hierro; testimonio de la identidad crucense.

En Cruces el pitazo de la locomotora, historias de un adiós y reencuentro  en el andén, el florecimiento económico ,  engrosan las paginas locales cada vez más con más valía en lo afectivo y patrimonial.

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